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Narramos, luego somos… humanos

Al igual que poseemos unas capacidades innatas para adquirir nuestra primera lengua, también disfrutamos de unas habilidades narrativas naturales que nos permiten gozar de una buena historia y elaborar, con mayor o menor fortuna, nuestros propios relatos. No existe ninguna sociedad humana sin fabulaciones, esos instrumentos que dan «sentido» a la existencia, que nos acercan a los demás, a su mundo interior, y que establecen coordenadas en el ámbito social. Cuando recordamos, decidimos o interpretamos un hecho, estamos siempre contándonos una historia, nuestra historia…, aunque no la escribamos. La literatura es la consecuencia de esa necesidad imperiosa de ordenar y comprender lo que sucede dentro de nosotros y a nuestro alrededor: una necesidad hecha virtud, es decir, Arte.

No será necesario explicar con ejemplos de qué manera la satisfacción de necesidades «biológicas» lleva aparejado el placer correspondiente. En el caso de la narrativa, demandamos historias desde la cuna; nos apasiona leerlas en cuanto aprendemos a descifrar los signos misteriosos del papel impreso, y hay quien prolonga ese mismo placer escribiendo después sus propios relatos o novelas.

La democratización de la educación en el último siglo y el impulso de las tecnologías de la comunicación en las últimas dos décadas han proporcionado medios y visibilidad a los escritores no profesionales.

La mayoría de estos autores aspiran a ver su obra publicada porque, sin lectores, las narraciones son música encerrada en una sala de conciertos vacía. Habrá quien opte por una pequeña tirada de autoedición; otros preferirán apostar por mantener sus páginas inéditas para poder enviarlas a una prestigiosa editorial o a alguno de los cientos de certámenes literarios. Antes de decidir su destino, convendría que la obra pasara por asesor literario. ¿Por qué?

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El asesor literario. El primer lector sin prejuicios

Como bien sabe cualquier escritor (profesional o no, principiante o avezado), la labor del escritor es solitaria, esforzada y lleva tiempo, mucho tiempo. De ahí también esa sensación de euforia al escribir la palabra «FIN». Tras esa palabra y tras esa euforia, es posible que comiencen las dudas razonables: «¿Será bueno lo que he escrito? ¿Medianamente pasable? ¿Una verdadera porquería?…». Si le dejamos leer nuestro original a alguien cercano, lo más probable es que su opinión quede contaminada justamente por esa cercanía. Para nuestras amantes madres, nuestros amantes esposas/maridos y nuestros amantes amantes seremos el próximo premio Nobel… ¿Y para aquellos que carecen de prejuicios benevolentes?

Existen diversas formas de evaluar la calidad literaria de una obra.

  • Los manuales de escritura creativa pueden aportar al escritor novel unas cuantas ideas valiosas para «chequear» su obra. Esta es la vía más económica, pero también la más exigente para el autor pues deberá realizar un autodiagnóstico a partir de la adquisición de nuevos conocimientos técnicos o teóricos. Por su amenidad, su pragmatismo y su visión global, recomiendo el estudio del manual de Lisa Cron, Enganchados a los cuentos (Editorial Milrazones, 2014).
  • Otra opción interesante es la de los grupos de lectura en los que se analizan y comentan los textos de los alumnos; ofrecen la ventaja de poder escuchar diversas opiniones e interactuar con los demás participantes. Pero si buscamos un servicio personalizado y riguroso, entonces necesitamos un asesor literario. Los asesores trabajamos para editoriales como lectores-seleccionadores de obras, para agencias literarias y también como autónomos; en este último caso, colaboramos mano a mano con los autores.
  • Antes de decidirse a entregar su original a un asesor literario, el autor debe tener claros sus objetivos. La motivación principal ha de ser la de obtener no un simple enjuiciamiento laudatorio o recriminatorio, sino una guía fiable durante la fase final de la escritura. ¿Fase final? Pues sí, porque detrás de la palabra «FIN» y su euforia comienza la etapa de las varias correcciones (ortotipográfica, de estilo…) y de la revisión de la consistencia literaria. ¿«Consistencia literaria»? Se trata de que un profesional, con experiencia, objetividad y criterio, identifique aquellos aspectos de la obra que pueden mejorarse. ¿Para qué? Para asegurar el disfrute del lector (o del jurado de un premio o del comité de selección de una editorial…). Evidentemente, este proceso implica una actitud de colaboración y receptividad: en el convenio entre autor y asesor no intervienen la sumisión ni la prepotencia, sino la confianza (y, por supuesto, la confidencialidad).
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¿Tienes algo más claro lo que puede hacer un asesor literario por tu libro? Si conoces a alguien a la que le pueda interesar esta información, compártela. ¡Nos harás muy felices!