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Por poco que uno esté al tanto de los terremotos que han asolado el ámbito de la edición, sabrá que el sector padece una profunda crisis resumible en cuatro palabras: apenas se venden libros. Autores, libreros y editores aúnan sus voces, en estos últimos años, ante un muro de lamentaciones para entonar un rosario de acusaciones cruzadas o aliados contra un enemigo invisible. Mientras, el lector brega en un mar de libros publicados por editoriales de todos los tamaños y condiciones. Los suplementos literarios han perdido su antiguo prestigio (en mi modesta opinión) como guías fiables a cambio de treinta monedas de plata, de manera que las recomendaciones de lectura transitan mejor en el boca-oreja, que ahora podría llamarse el «blog to blog» o el «facebook-facebook», por ejemplo.

Sospecho que, considerando las cifras en bruto, o sea, al peso de letra, nunca leímos tanto… y nunca escribimos tanto.

Si se contabilizan también whatsapps y tuits, entonces la producción global de letras por habitante es ingente. Al calor de esta furia comunicativa, muchos se han lanzado como espontáneos al ruedo de lo literario. A fin de cuentas, las poesías y las novelas no dan cornás. ¿O sí? Cuernos quizá no tenga la literatura, pero aristas, unas cuantas. Hablemos de ello.

Escritores sin pedestales

Qué lejos nos queda la imagen del genio escritor, del hombre cultivado cuya destreza con el estilo provocaba reverencias (podemos ahorrarnos los cantos fúnebres). La democratización de las artes ha borrado no solo el listón de lo excelso admirable, sino también la conciencia de la existencia de tal listón, los criterios que lo definían. Es probable que ello se deba, en buena medida, al éxito comercial, al «bestsellerismo» de novelas de escasísima calidad literaria, pero con gran aceptación por parte del gran público. «Si Fulano, con una obra sencillita, puede vender miles y miles de ejemplares, ¿por qué no voy a conseguirlo yo?»: algo así deben pensar muchas de las personas que deciden publicar sus pinitos literarios. A este estímulo externo o teleológico hay que añadir otra motivación más profunda de la que rara vez se habla: escribir es un ejercicio extraordinariamente placentero, directamente emparentado con una labor que nos define como especie: la de contar/escuchar historias. ¿Por qué iba a privarse nadie de contar sus propias historias?

Quizá el derrumbe de la figura prestigiosa del escritor haya abierto las compuertas de la avalancha de autores noveles, francotiradores con bolígrafo o teclado en ristre. Ahora, todos escribimos, sin miedos ni tapujos. Descubrimos la magia de construir poemas e historias donde antes no había nada, y nos sentimos creadores. No nos falta quien, cerca de nosotros, nos jalea nuestra genialidad y expresa su admiración. Se enciende entonces la bombilla: ¿y si publico mi libro? El siguiente paso suele ser el de enviar el original a varias editoriales.

Entonces llega el primer jarro de agua fría: las editoriales no responden o lo hacen con amables negativas. (¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?).

Como aperitivo para acompañar el agua helada, recomiendo la lectura de El arte de rechazar una novela, de Camilien Roy (Bruguera, Narrativa, 2008). La frustración se digiere mejor con unas cuantas carcajadas.

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STOP, ceda su obra a un corrector

Reformulemos la pregunta: ¿para qué publicar? La respuesta es evidente: porque la escritura, como la narración oral, carece de sentido sin un receptor. Nadie escribe para sí mismo, ni siquiera Emily Dikinson. De acuerdo, publiquemos todos, pero por nuestra cuenta. Los avances tecnológicos nos ofrecen opciones racionales. Podemos hacer ediciones digitales (que condonan la tala de inocentes árboles) y también escoger la impresión bajo demanda. Todo esto ya lo saben los autores noveles.

Quizá haya entonces que explicar que, puestos a publicar, deberíamos preocuparnos por hacerlo bien.

Jubilar al editor y asumir sus cometidos no es tan sencillo como pudiera parecer. Los editores no son elementos ornamentales dispuestos a ordeñar cual sanguijuelas a los autores, sino profesionales todoterrenos que ejercen o coordinan unas cuantas labores complejas. Entre ellas, las hay puramente estéticas (como la elección del tamaño y tipo de letra de un libro), otras comerciales (promoción y distribución) y otras muy técnicas (maquetado y corrección), sin contar, claro está, la más evidente, la de la selección de un catálogo. Como no se trata aquí de escribir un panegírico al esforzado editor, voy a centrarme solo en un aspecto, el que me resulta más cercano por ser mi profesión: la corrección. Y retomamos entonces el título de este post: ¿por dónde empiezo ahora que ya he terminado mi obra? Pues por corregirla.

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¿Ortoqué? ¿Estilismos?

En realidad, al hablar de la necesidad de corrección de una obra estamos haciendo referencia a diferentes niveles de revisión, todos ellos igualmente imprescindibles. El más básico es el de la corrección ortotipográfica, que consiste en limpiar la obra de faltas ortográficas y en aplicarle las normas tipográficas pertinentes. ¿Simple? No lo es. La última edición de la Ortografía de la lengua española, publicada por la Real Academia en 2010, consta de 743 páginas. Un ejemplo: 47 páginas están dedicadas al uso de la coma en castellano. ¡La simple coma, con lo tonta que parecía! Y la elección de las mayúsculas o las minúsculas, ¿no estaba eso claro? No tanto si se necesitan 73 páginas para explicarlo como hace la Ortografía. Otro ejemplo más, ahora de tipografía narrativa: ¿cuántos autores se jugarían la hijuela a que saben colocar correctamente las rayas de incisos del narrador en un diálogo?

¿Todo esto son detalles sin importancia? No lo son: delatan la deferencia del autor ante el lector y facilitan la legibilidad. No contrataríamos a un fontanero que dejara las tuberías mal selladas o las tuercas flojas.

Si el autor no se esmera en la ortotipografía, que no espere que el lector se esmere en la lectura.

Un segundo nivel es el de la corrección de estilo. Ah, ¿pero también se corrige el estilo? Sí. Por «estilo» no ha de entenderse aquí el alarde creativo, genial y personalísimo, de cada cual, sino algo menos arrogante o vaporoso: la corrección expresiva desde un punto de vista léxico y gramatical. El corrector de estilo detecta y retoca, por ejemplo, las repeticiones innecesarias de una misma palabra en un párrafo; o los solecismos y anacolutos, esas incoherencias sintácticas tan propias del lenguaje oral y tan chirriantes en la lengua escrita. Decimos sin inmutarnos: «Mis hermanos hace que no les veo dos meses». Corrección de estilo: «A mis hermanos hace dos meses que no los veo».

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Seamos serios

No será necesario explicar por qué la corrección ortotipográfica y la de estilo deben ser realizadas por un profesional. ¿Dónde encontrarlo? Donde se encuentra todo: en un buscador de Internet. Como la oferta es inmensa, conviene establecer algunos criterios de selección. Es recomendable estudiar el currículum del corrector: a mayor experiencia, mayor fiabilidad. Su formación académica es otro dato a tener en cuenta. Una vez localizados tres o cuatro nombres, lo lógico es pedir presupuestos para contrastarlos, como haríamos con cualquier otro servicio. Y aquí, dada la disparidad de las respuestas, sí que nos podemos llevar sorpresas. Mi consejo: aplicar el sentido común.

Es muy probable, y razonable, que el corrector pida una muestra del texto (cinco o seis páginas serán suficientes) para poder calibrar el tipo de corrección que deberá realizar. Si el autor lo desea, el corrector puede responder con un una corrección gratuita de las páginas de muestra y algunos comentarios. Todas las obras precisan una revisión ortotipográfica, pero en algunas las erratas pueblan densamente los párrafos y obligan al corrector a trabajar en cada línea. Eso explica por qué algunos correctores no ofrecemos una tarifa estandarizada. En cuanto a la corrección de estilo, hay que señalar que en su presupuesto ya va incluida la revisión ortotipográfica, por lo que  la revisión de estilo siempre es más costosa.

Gracias a la muestra, el corrector podrá calibrar el tiempo y el esfuerzo que le llevará la revisión y presupuestar en consonancia a partir del dato de la extensión de la obra (la extensión se calcula en matrices o caracteres con espacios, no en páginas). Los otros datos que deberán pactarse en el presupuesto son el tiempo estimado para la corrección y la forma de pago. En textos extensos, lo habitual es que el corrector exija un adelanto o un abono hacia la mitad de su trabajo; el resto se abonará al concluir el encargo.

La cooperación del autor y del corrector, además de imprescindible, resulta gratificante para ambos… si las dos partes cumplen con sus compromisos.

Con la revisión realizada por un profesional no solo sale beneficiada la obra corregida: el autor que se moleste en cotejar las dos versiones (antes y después de la revisión) tendrá ocasión de deducir unas enseñanzas aplicables a su próxima obra. En cuanto a la satisfacción de los correctores, lo habitual es que nos encariñemos pronto con la obra sobre la que trabajamos: la nuestra es una profesión vocacional, nos gusta nuestro trabajo y lo realizamos con mimo. Además, nos sentimos halagados por la confianza que los autores depositan en nosotros. Y también para nosotros cada nuevo encargo es una ocasión para aprender, para acercarnos a otros universos imaginarios.

Existe un tercer tipo de corrección, la asesoría literaria. A ella le dedicaremos el siguiente artículo.

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