Todo está en la infancia. Carmen Palomo lleva más de veinte años dedicada profesionalmente al mundo de la edición, como correctora y asesora literaria. No es una vocación, opina, que uno descubra siendo niño, pero sí que hay indicios tempranos que delatan y desbrozan los caminos futuros. Como es habitual entre la gente dedicada a la edición, Carmen Palomo se recuerda de pequeña leyendo tebeos y también las obras que llegaban a su casa allá por años setenta gracias al Círculo de Lectores. Y entre ellas, un libro que la marcó: Los 25.000 mejores versos de la lengua castellana.

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Pregunta: ¿Qué tenía de especial ese libro?

Carmen Palomo: Era un libro lleno de erratas… y poesía, una antología que abarcaba desde El Cantar de Mío Cid a Miguel Hernández y César Vallejo. Ahí, en ese libro, descubrí que el lenguaje no solo sirve para pedir la sal o para exponer conceptos, sino que también sirve para jugar y para expresar y sentir emociones. La música de la poseía, con todo su potencial lúdico y emotivo, me reveló que la lengua cartografía el pensamiento y el sentimiento. Es nuestra herramienta fundamental, la manera en que los humanos habitamos este mundo.

P.: ¿Fuiste una lectora compulsiva?

C. P.: No me recuerdo encerrada en una habitación con un libro, pero sí que leía de todo, con libertad y por puro placer.

P.: ¿Crees que todo corrector y todo asesor literario deben ser buenos lectores? ¿Qué formación les puede exigir un escritor cuando les entrega su obra?

C. P.: Haber leído de manera reflexiva es un requisito imprescindible. Respecto a la formación específica, ese ya es otro cantar. Hasta hace poco no existía en nuestro país para los correctores más escuela que la práctica. Actualmente hay cursos que pueden ser muy útiles para los jóvenes que desean iniciarse en este ámbito profesional. En todo caso, cuando alguien está buscando un corrector o un asesor, lo mejor es que examine su currículum: cuántos años lleva dedicado a este oficio, para quiénes ha trabajado, qué obras ha publicado…

Hasta hace poco no existía en nuestro país para los correctores más escuela que la práctica.

P.: ¿Qué formación académica tienes tú?

C. P.: Soy doctora en literatura. No es una titulación muy común entre correctores porque se supone que un doctorado tiene como meta la docencia universitaria. Sin embargo, sí que es útil ya que realizar una tesis doctoral exige un esfuerzo reflexivo y una madurez intelectual con repercusiones positivas en mi trabajo.

P.: Hablemos de tu trabajo. Redactas, asesoras, corriges… ¿Quien mucho abarca poco aprieta?

C. P.: No creas, ¡también aprieto! Aprieto si por «apretar» se entiende ser riguroso y exigente. En realidad, todas esas actividades giran alrededor del lenguaje, de la habilidad comunicativa, del gusto por el texto bien escrito.

Las tareas del corrector

P.: ¿Y qué debemos entender por «un texto bien escrito»? Hay quien piensa que basta con evitar las faltas de ortografía.

C. P.: Cada texto es un mundo. Las faltas de ortografía son los accidentes menos «peligrosos». ¡Hasta un corrector automático de cualquier programa de tratamiento de textos puede resolver una buena parte de ese problema! Lo habitual es que la ortografía de los autores dependa de su calidad como lectores o de su formación, pero nadie debe asustarse de cometer faltas. El manual de ortografía que ha editado hace poco más de tres años la Real Academia Española tiene más de setecientas páginas, lo que indica que nuestra ortografía no es tan sencilla como se pudiera pensar. ¡Pero si hay un montón de normas que sospecho que solo conocemos y aplicamos los correctores!

P.: Más allá de la ortografía, ¿de qué tareas se ocupa un corrector profesional?

C. P.: Cuando a mí me llega un texto «virgen», es decir, que no ha pasado previamente por ningún filtro, me gusta empezar por un diagnóstico. No importa si es un texto literario, una obra divulgativa o un tratado académico. Se trata, en esa primera fase, de hacer una valoración objetiva del escrito que queda reflejada en un informe. En esa valoración se detectan los puntos fuertes y débiles de la obra, se pueden abordar cuestiones como la coherencia interna, la distribución de los contenidos o el desarrollo de la trama, con el objetivo de que el autor retoque algunos de estos puntos si es necesario.

P.: Pero habrá autores que no deseen tal valoración…

C. P.: Claro. En ese caso la revisión de su obra se limitará al estilo y a lo ortotipográfico. La corrección de estilo incluye la revisión de la sintaxis (que las frases estén correctamente construidas) y de los aspectos semánticos (adecuación de términos, riqueza léxica…). La corrección ortotipográfica se centra en la ortografía y en el uso correcto de comillas, cursivas, guiones, etc.

Muchos autores noveles nos ven con miedo, como si se enfrentaran al maestro que alguna vez los regañó por los fallos de sus deberes escolares.

¿Aliados o enemigos?

P.: ¿El autor ve al corrector como un aliado o como enemigo que mete las zarpas en su trabajo creativo?

C. P.: Según mi experiencia, muchos autores noveles nos ven con miedo, como si se enfrentaran al maestro que alguna vez los regañó por los fallos de sus deberes escolares. En realidad, los asesores y correctores ofrecemos una ayuda para retocar y mejorar los textos. ¡Nadie es más consciente que nosotros de las dificultades inherentes a la escritura! Lo normal es que, tras un primer contacto, los miedos desaparezcan y se transformen en una actitud colaboradora muy gratificante para el autor. La asesoría y la corrección deben aportar al autor nuevos puntos de vista y también una mayor conciencia sobre el estilo y la técnica de la escritura.

P.: ¿Por ejemplo?

C. P.: La identificación de muletillas que todos tenemos, y no solo con frases hechas, sino con construcciones sintácticas muy repetitivas. O la revisión de anacronismos, incoherencias, desorden en la exposición de ideas, desequilibrios entre la parte descriptiva y la dialogada en una novela, etc.

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P.: ¿Una revisión a fondo no puede hacer que se pierda la «esencia» de lo propuesto por un autor?

C. P.: No. Digamos que la parte creativa siempre va a correr por cuenta y riesgo del autor; el corrector solo trabaja sobre cuestiones técnicas.

P.: ¿Y no te ha tocado reescribir a fondo ningún libro?

C. P.: Sí. El mito del escritor negro es una realidad, y la confidencialidad al respecto también.

P.: Se dice que los críticos son escritores frustrados. ¿Es eso aplicable al asesor y al corrector? ¿Tú nunca has escrito obras creativas?

C. P.: Sí, he escrito varios cuentos y algunos han sido premiados. Sin embargo, no me considero escritora por una sencilla razón: porque nunca he sentido la necesidad de la escritura, al menos hasta el día de hoy. En ese sentido, mi frustración es nula. Lo que sí te puedo decir es que mi trabajo da grandes satisfacciones, tanto por el trato personal con los autores como por la alegría al ver el resultado, que es la obra editada, bien editada. Los correctores trabajamos en el anonimato, entre bambalinas, desde la humildad. Pero nos sabemos imprescindibles.

Los autores noveles

P.: ¿Has trabajado con muchos autores noveles? ¿Tienen menos calidad sus obras?

C. P.: Todos los autores alguna vez fueron noveles, y algunos se estrenaron con verdaderas obras maestras, como Claudio Rodríguez. Lo habitual es que la experiencia contribuya a mejorar la escritura. Sí he trabajado con bastantes escritores que se enfrentaban a su primera novela, en general con más ilusión que conciencia autocrítica. ¡Pero la ilusión también es muy importante! Yo recomendaría a los principiantes que no se apresuraran a editar, que dejaran reposar su novela una buena temporada mientras escriben la segunda y la tercera.

P.: ¿Algún otro consejo?

C. P.: Que lean a sus autores favoritos con un lápiz en la mano para apuntar por qué les gusta determinado pasaje. O que participen en talleres o tertulias literarias, donde se estudia o se habla de las cualidades de la prosa, de qué es eso tan complejo a lo que llamamos «calidad» literaria. Es verdad que hay una parte innata en las capacidades creativas, pero también cuenta el aprendizaje sobre el terreno, la práctica, la reflexión, la autorrevisión, la autoexigencia.

Todos los autores alguna vez fueron noveles, y algunos se estrenaron con verdaderas obras maestras.

P.: ¿Cómo animarías a un autor novel para que venza su miedo o su desconfianza a la hora de acudir a un corrector?

C. P.: Ante todo, ese autor debe saber que la corrección forma parte de los mimos, no de los castigos, a los que se somete una obra. En cuanto a los miedos, pueden atajarse rápidamente. Con estos autores yo siempre realizo una prueba gratuita de revisión sobre seis u ocho páginas: así ellos ven el trabajo realizado y yo puedo presupuestarlo en función de las necesidades específicas de cada texto y de la extensión de la obra.

P.: ¿Has «descubierto» algún escritor realmente valioso?

C. P.: Sí, pero no voy a dar nombres. Soy lectora de varias editoriales y participo todos los años en el comité de lectura de dos premios literarios. Siempre es una alegría inmensa encontrar entre cientos de originales la joya inédita, esa obra que no ha leído nunca nadie antes y cuyo autor desconozco, pues no tengo acceso a las plicas. Esa alegría es parecida a la que trasmiten mis reseñas sobre obras que me han impresionado.

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P.: ¿Dónde pueden leerse esas reseñas?

C. P.: Están todas en la red. La última versaba sobre un álbum ilustrado titulado Lagarto Bosu y las plantas que no mueren nunca, de M. Á. Pérez Arteaga.

P.: ¿Eres capaz de leer un libro sin pasarlo por tus ojos de correctora o de crítica?

C. P.: ¡Buena pregunta! No, no soy capaz de hacerlo: solo tengo un par de ojos y los uso para todo. Cuando leo por placer, la lectura es también un ejercicio, pero relajado, como pasear. La corrección o el análisis exigen una gran concentración y tensión intelectual. Todos los correctores saben lo agotador que es su trabajo. En todo caso, quisiera aclarar que no tengo especial aversión a las erratas…, salvo cuando se me han escapado a mí. En esto, el trabajo del corrector se parece al de exterminador de cucarachas. ¿Se dedicaría a tal oficio alguien a quien las cucarachas le produjeran una profunda repulsión? Pues no. Digamos que cuando leo por placer simplemente me olvido del fumigador.

¡Malditas erratas!

P. : ¿Y qué pasa cuando un autor descubre alguna errata en un texto cuya revisión ya ha pagado?

C. P.: Pues sucede que… nadie es perfecto. En un mundo ideal, una novela o una tesis necesitarían por lo menos cuatro lecturas, a ser posible de cuatro pares de ojos diferentes, para llegar totalmente limpias a imprenta. Aun así, algún duende de la imprenta metería su mano perversa al final. Los correctores decimos que las erratas son las últimas en abandonar el barco. La errata que se escapó, esa cucaracha invencible, le duele al corrector más que al propio autor.

Los correctores decimos que las erratas son las últimas en abandonar el barco.

P.: ¿Cómo ha cambiado el trabajo de corrector con el avance de las nuevas tecnologías? ¿Facilita o dificulta la tarea? ¿Utilizas recursos digitales para hacer tu trabajo?

C. P.: Las herramientas digitales facilitan la tarea, sin duda alguna. ¡Me cuesta imaginarme cómo trabajaban los correctores hace treinta años o cuarenta años! Actualmente los programas informáticos nos permiten una gran versatilidad en la manipulación de los textos a lo largo de todo el proceso de edición. Internet, por otra parte, es una fuente de información insustituible para resolver rápidamente una cuestión. Yo participo desde hace una década en foros especializados en los que personas de los más diversos campos de la edición exponemos nuestras dudas o defendemos nuestros criterios. Además, Internet es sin duda la mejor plataforma promocional. Un pequeño equipo de profesionales de la edición mantenemos una página web, Tinta Invisible; ahí aunamos esfuerzos para dar un servicio integral a escritores independientes, a editoriales o a instituciones.

P.: ¿Qué material de trabajo te resulta imprescindible?

C. P.: En primer lugar están las fuentes digitales de información fiables, como la web de la RAE. Pero también hay obras en papel que siguen siendo irremplazables, como todas las de José Martínez de Sousa, un maestro de maestros en el terreno de la ortotipografía en castellano. Por su parte, los foros de especialistas a los que ya aludí nos permiten estar al día: la lengua es un organismo vivo muy complejo y cambiante, por lo que su trato nos exige, a todos, una constante actualización. ¡Nunca se acaba de conocer del todo un idioma, nunca!

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Carmen nos ayudará a navegar por el mar de dudas de la escritura. Si te ha gustado esta entrevista, ¡nos alegrará que la compartas!